Por Lorent Saleh @lorentsaleh
En días como hoy —días en que el mundo recuerda que ninguna mujer debería vivir con miedo— yo pienso inevitablemente en Venezuela. En ese país herido donde la violencia de género no es una estadística: es una política de Estado.
Porque el chavismo no es solo una maquinaria autoritaria; es un proyecto misógino, construido sobre la lógica militar que convierte los cuerpos en territorios de conquista.
El militarismo venezolano aprendió a mirar a la mujer como un objeto que se domina, se controla, se disciplina. En las cárceles, en los cuarteles, en los barrios, en los tribunales: la mujer aparece siempre como blanco de humillación, sospecha o castigo. No es un exceso, no es “un funcionario que se pasó de la raya”: es la anatomía misma del poder que gobierna.
Un régimen que tortura mujeres, que encarcela enfermeras por denunciar, que encierra madres por exigir comida para sus hijos, que secuestra activistas, que viola a reclusas políticas como forma de quebrarlas, que desaparece a jóvenes y deja a sus madres en un duelo eterno. Un régimen que usa el cuerpo femenino como campo de experimentación de la impunidad.
Y aun así —y esto duele más que la violencia misma— todavía hay quien, en nombre de cierta idea progresista, defiende a estos matones. Hay quien aplaude a un narco-Estado misógino porque repite consignas antiimperialistas, como si la dignidad tuviera ideología. La izquierda que se arrodilla ante una tiranía que tortura mujeres ha perdido incluso el derecho a llamarse izquierda.
Hoy, cuando el mundo habla de la lucha contra la violencia de género, yo solo pienso en ellas:
las presas políticas que resisten en silencio,
las madres que buscan a sus hijos desaparecidos,
las jóvenes golpeadas por militares,
las lideresas criminalizadas,
las mujeres que cargan sobre su cuerpo el peso de una guerra no declarada.
Porque la violencia del chavismo no es solo política; es simbólica, espiritual y profundamente patriarcal. Es la vieja lógica del cuartel: el mando que humilla, el uniforme que intimida, la bota que aplasta.
Y en esa estructura narcomilitar, la mujer no es sujeto: es obstáculo o botín.
Pero también es cierto lo contrario:
si hay algo que este régimen no ha podido destruir, es precisamente la fuerza moral de las mujeres venezolanas. Ellas —no los generales, no los voceros, no los burócratas— son las que han sostenido este país roto. Las que han dado la cara. Las que han cuidado cuando el Estado abandonó. Las que han protestado cuando la oposición calló. Las que han llorado, enterrado, resistido y vuelto a levantarse.
Por eso, hoy no repito consignas. Hoy hago memoria.
Porque recordar es una forma de resistencia y nombrar la verdad es una manera de honrar a quienes no han podido hablar.
Y la verdad es esta:
en Venezuela, la violencia de género tiene nombre, estructura y responsables.
Y mientras el chavismo exista, ninguna mujer estará realmente a salvo.
Lorent Saleh
25 de Noviembre 2025




