Venezuela se queda sin alas: cuando un país pierde su conectividad, pierde mucho más que vuelos

Darwyn Rosales

noviembre 27, 2025

La crisis aérea que hoy enfrenta Venezuela no es un episodio aislado ni un simple desacuerdo entre aerolíneas y autoridades. Es el reflejo más evidente —y más peligroso— de un país que se va quedando sin ventanas al mundo. Cada vuelo cancelado, cada permiso revocado y cada advertencia internacional no solo afecta a quienes quieren viajar: revela un deterioro institucional que compromete la seguridad, la economía y hasta la posibilidad de reconstrucción futura.

El reciente choque entre el Gobierno de Nicolás Maduro y varias aerolíneas internacionales marca un nuevo punto de fractura. Que España, Portugal, Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y ahora Polonia recomienden no viajar a Venezuela no es un capricho diplomático: es una alarma. Una alarma que avisa, con insistencia, de que algo está profundamente roto en las garantías que debería ofrecer un Estado responsable.

Cuando la aviación mundial lanza alertas sobre un espacio aéreo, lo hace solo en circunstancias excepcionales: guerras, riesgo de misiles, interferencias militares, pérdida de control operacional. Y, aunque Caracas lo niegue, el despliegue militar en el Caribe, la tensión política interna y la opacidad que rodea al manejo del FIR de Maiquetía sí configuran un entorno riesgoso. Negarlo no hace el cielo más seguro.

Pero lo más preocupante no es la suspensión temporal de vuelos, sino la reacción del régimen venezolano: revocar licencias, amenazar a aerolíneas y politizar una crisis técnica. Un país que expulsa líneas aéreas sin ofrecer garantías mínimas no se fortalece; se aísla. No es un gesto de soberanía, es un acto desesperado que termina castigando a su propia población.

Porque detrás de cada aerolínea que se va hay historias de venezolanos que no podrán reencontrarse con sus familias, pacientes que pierden conexiones médicas, estudiantes que ven complicados sus regresos, empresas que quedan desconectadas y un turismo ya agonizante que recibe otro golpe devastador. El aislamiento nunca ha sido sinónimo de estabilidad.

El régimen intenta vender esta crisis como una “defensa de la dignidad nacional”, pero ninguna nación digna expone a su población a quedar atrapada dentro de sus fronteras. Ninguna nación que aspire a prosperar rompe puentes con quienes pueden garantizar conectividad, inversión y confianza. Y ninguna nación en pleno siglo XXI puede darse el lujo de quedar fuera del mapa aéreo sin pagar un precio económico y humano enorme.

La verdadera pregunta es: ¿cuánto más puede soportar un país que ya está fracturado en casi todo? Venezuela perdió su moneda, perdió su institucionalidad, perdió a siete millones de habitantes por la migración. Ahora, está en riesgo de perder sus conexiones aéreas más importantes. Y cuando un país se queda sin rutas, sin confianza y sin aliados, termina quedándose sin futuro.

Hoy la crisis no es solo aérea. Es existencial. Es la evidencia de un Estado que, en lugar de abrir puertas, las cierra; en lugar de proteger, confronta; en lugar de resolver, castiga.

Y mientras tanto, el venezolano común —el que solo quiere viajar, reencontrarse, trabajar o simplemente vivir con normalidad— queda una vez más atrapado entre decisiones políticas y cielos que se vuelven cada día más inaccesibles.

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Darwyn Rosales
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